Se solicitan cómplices...
Joaquín tiene treinta años y la vida hecha añicos, razón más que bastante para que su trabajo consista en arreglar las vidas ajenas: hace años que se comprometió a redactar un libro de autoayuda, pero por más que intenta no consigue otra cosa que perpetrar lecciones de autoperjuicio. Isaías Balboa es un experto en vivificación: una difícil técnica que consiste en llegar al funeral, encontrar a una viuda fresca y adolorida y ofrecerle consuelo, en el nombre de la preservación de la especie, pero también es un viejo colmilludo que suele valerse de redactores para que le escriba los libros de autoayuda que publica con su nombre. Uno de ellos es Joaquín. También entran en el cuadro Imelda, quien se emplea como asistente doméstica para colaborar con su novio José en el robo de casas, y Dalila, quien tiene solamente nueve años y una cabeza llena de ideas frescas. Ella es inocente, pero no estúpida; carece todavía de prejuicios, no acaba de entender a los adultos y tiene cierta fe en la magia cotidiana. Puede que sea por eso que a estas alturas es la única persona frente a la que Joaquín todavía puede explicarlo todo, en esta novela donde convergen estos y muchos más destinos.